Solón 1956-1959

El tren se desliza, los arrozales humedecen la mañana verde, viajamos al noreste rumbo a Datong un vaho de tierra recién abierta por el arado del día penetra por la malla metálica de las ventanillas del vagón. La velocidad dibuja en el marco paisajes diversos, ora campos verdes extendidos a lo largo de rectos canales, ora pueblos pequeños pintados de tierra y ladrillo, muy similares a los nuestros. Campesinos de cuclillas escavan la tierra, otros con el complicado y primitivo mecanismo de una noria, extraen agua y la transportan por curiosos canales de bambú. Es agradable la sensación de quietud que se dispersa en la pampa sembrada de verde.

Viajando bajo la fragua del sol

Asesorado por mi colega Venturelli, había decidido hacer este viaje al centro más notable de la estatuaria china. Cuando el visitará esta ciudad en 1951 debido a su reciente liberación, contaba con muy escasas comodidades: falta de un buen hotel, guías, etc. De este modo fuimos preparados para el viaje. Al mediodía el calor penetra por los rincones, los ventiladores del coche funcionan por turno tratando de mantener una atmósfera soportable, los abanicos se agitan y el té verde caliente como la temperatura, nos refresca de un modo muy diferente al que estamos acostumbrados. Los altavoces del vagón en las breves paradas que hacemos, anuncian con una voz cálida y agradable los minutos que el tren demora. Los pasajeros se largan al andén y realizan casi en forma disciplinada ejercicios físicos, esta práctica es habitual en el pueblo chino que la desarrolla con la seriedad de un rito religioso en cualquier intervalo del día. Nosotros aprovechamos para respirar a pulmón lleno bajo la fresca sombra de algún árbol.

El tren es un caldero en la fragua del sol. La música que nos acompaña por los pasillos del coche, alegra y entusiasma a quienes conocen la melodía. La ópera china, característica y particular en cada una de sus provincias, es la que más se escucha, la de Pekín o Jo-Nan, sirve para entusiasmar a uno u otro viajero que la sigue entonando en voz alta. Luego el tren comienza el ascenso a la montaña. En una forma curiosa va en zig-zag. En la cumbre un pueblo y un monumento al ingeniero que proyectó el camino, a pocos metros la gran muralla, no podemos resistir la tentación de subir algunos escalones, tiene una altura de veinte metros por diez de ancho en ese sector, de vez en vez una atalaya verde y carcomida por el tiempo parece estar labrada en la misma montaña.

Un día completo de viaje y llegamos a Datong, una ciudad rodeada por tres murallas a cuál más antigua, desde el adobe a la piedra. Ciudad a la que muy rara vez llega un occidental. Conserva intacta el sello característico de China, amplias avenidas y casas bajas, en ella se encuentra el original de la muralla de porcelana y el templo de Huayan con grandes murales que han sido restaurados y conservan su técnica inicial. Nos trasladamos al centro de la ciudad, y para sorpresa mía nos alojamos en un gran hotel, el más oriental que tuve oportunidad de ver en China. A su entrada un enorme tablero con una pintura en colores violentos que parecía un cuadro de Miró, Klee o Mondrián, pero que era solamente una palabra escrita en chino que decía “felicidad”. El hotel como la ciudad, nada tenían de occidental. Imaginaos nuestra sorpresa, sus buenas gentes nos observaban entre asombrados y curiosos, tan extrañamente raros que los niños nos seguían.

Así es Datong, donde el primer emperador de Jan fuera cercado, donde Gengis-kan, fuera herido y obligado a suspender su asedio.

Las grutas de Yungang

En la curvatura vertiginosa del tiempo, empieza la tradición legendaria de una cultura asida a la tierra. Al día siguiente nuestra inquietud trepa montaña arriba en un viejo vehículo que trepida como un prolongado alarido. A nuestros ojos se extiende un paisaje descolorido por la nieve de otros inviernos, de vez en vez, la afilada aguja de una pagoda, se eleva en el cielo como tratando de ensartar a una nube.

Las grutas, objeto de nuestro viaje, se encuentran a unas seis leguas de Datong, el angosto camino recientemente habilitado, ofrece dificultades para el cruce con largas caravanas de pequeños carros tirados por animales que transportan materiales para la reconstrucción de estos templos. En un cristalino río, campesinos desnudos bañan ovejas de un numeroso rebaño. Por primera vez en China recorremos un camino en zigzag y el desfiladero se hace más profundo. Estas viejas rocas, mudos testigos del tiempo, desgastadas en empresas titánicas se agigantan para mostrarnos un enorme corte vertical donde se abren un sin número de cueva. La montaña se alza dibujando sus distintas capas geológicas de diversos colores. Nuestro vehículo se detiene. Sin aceptar el descanso que nos ofrecen, nuestra ansiedad aprovechando escalones dispersos visitamos la primera gruta.

El viejo sacerdote, en cuyos ojos descubrimos la felicidad de mostrarnos algo interesante, nos señala una enorme columna tallada en el interior. Al tenue resplandor de nuestras linternas, emergen de las sombras, las figuras, que la decoran en loco abigarrado enjambre, con su enorme dimensión, está ubicada en el centro mismo del recinto cuadrangular, su parte baja adelgazada por el viento, por su blanda consistencia impresiona y atemoriza por la enorme sobrecarga que sostiene, nada menos que una montaña. El eco y la resonancia de nuestras pisadas, parece conmoverles, las paredes de esta gruta por el desgaste natural apenas si muestran huellas de un alto relieve profuso. Luego pasamos a la siguiente, acaso la mejor conservada de este grupo, el Buda gigante de trazos rígidos y estáticos se alza mostrando una perfecta distribución de masa y volúmenes, en los convexos muros, arabescos y pequeñas figuras dibujan el fondo. Son 21 grutas sin contar las pequeñas, diversas dinastías a partir de la de Wei, realizan estas fantásticas excavaciones. Como en la pintura mural, el budismo primer elemento extranjero que penetra en China ha puesto su sello característico.

El trabajo del papel cortado

En Datong, tuve un encuentro interesante, por primera, vez veía a un artista popular, un campesino. Por causas que ya he anotado, el arte popular en China, permaneció relegado a un último plano, en la actualidad, el nuevo impulso de la república, está organizado a estos creadores de arte en cooperativas. En mis viajes por el sud, había ido coleccionando piezas de papel cortado, diferentes en técnica y composición en cada provincia. En Datong, pude ver a uno de esos campesinos que alegran la noche del año nuevo con sus figuras vendiéndolas por pocos centavos. Estas figuras recortadas que muestran una fina sensibilidad en el dibujo, un maravilloso contraste en el color y más que todo, una técnica muy delicada de orfebrería, sirven para colocar como adorno en los vidrios de las ventanas iluminadas por dentro en la noche del año nuevo. Los temas son tan populares como el artista que los hace, desde personajes de la época hasta finas estilizaciones de flores y animales

Atravesando la segunda muralla por una inmensa puerta por calles acotadas, nos cruzamos con centenares de niños. Alguien se adelanta con objeto de advertir a nuestro artista. Lo sorprendemos poniéndose la chaqueta, tiene la cabeza completamente afeitada, es un viejo de 53 años, se llama Wan Lien, a las primeras palabras nos enseña todo su material, en su modesta residencia cuelgan fotografías de sus hijos muertos en la guerra. Habla de su trabajo, sonríe y me alarga una mano nudosa, su rostro se ilumina, le parece extraño que su modesta obra cause tanta admiración. Campesino desde los 9 años trabaja en el papel cortado, aprendió de su hermano mayor, en el invierno a la luz helada de su ventana corta figuras de papel, en el verano, siembra su campo. Pese a las explicaciones que me habían hecho del procedimiento del papel cortado, no pude aguantar la tentación de ver el trabajo con, mis propios ojos. Sentado al estilo chino sobre un pequeño taburete, rápidamente recortaba una figura de papel, el personaje de un cuento que él lo relata.

Nuestro intérprete no alcanza a penetrar por su marcado acento campesino que lo hace intraducible. Su ayudante con una caja de extraños tintes en la mano da vida y color a las figuras. Este es Wan Lien, cuando abandonamos su vivienda se queda un tanto perplejo, aún no ha comprendido el porqué de tanta importancia de un viajero lejano a su modesta ocupación de invierno y sus figuras de papel. En la distancia aún nos despide con la mano que todavía coge el pequeño estilete del papel cortado.