Magdalena Cajías, 2010

Algunas veces se cree que sólo el discurso político, el manifiesto escrito o el texto elaborado desde el pensamiento y la ideología, pueden expresar y explicar procesos sociales acuñados e impulsados por actores que han influido en la historia y el devenir de una nación. Nada más falso: la literatura, el arte y la cultura en general, siempre han sido un instrumento eficaz y poderoso para reflejar imaginarios y realidades, utopías e insurrecciones, visiones y comportamientos colectivos; en suma, momentos que son rescatados para la memoria y la conciencia, la reflexión y la crítica.

En Bolivia, las manifestaciones artísticas de toda índole han acompañado procesos fundamentales de nuestra historia nacional, como la Guerra del Chaco, la Revolución de 1952, la lucha contra las dictaduras militares, la búsqueda de plasmar utopías sociales, la vida cotidiana de determinada época, los personajes y el paisaje, las tradiciones y los imaginarioso; en fin, han retratado espacios y tiempos con creatividad y originalidad.

Solón Romero, que hizo de la plástica y el muralismo su forma de involucrarse con acontecimientos de su tiempo, es sin duda hijo de la revolución del 52, aunque, claro está, no de las visiones construidas desde el poder y que pretendieron imponer una visión hegemónica, sino de la que se construyó desde abajo, desde los actores fundamentales del proceso revolucionario: los obreros, los campesinos indígenas, las clases medias bajas urbanas, los intelectuales comprometidos.

En 1989, con la entrega del mural “El retrato de un pueblo” a la Universidad Mayor de San Andrés, que se exhibe en el Salon de Honor de esa Casa Superior de Estudios, Solón consagró una vida de haber sido capaz de transformar en arte sus propias vivencias junto a los protagonistas de la historia, así como sus lecturas e interpretaciones de nuestro pasado.

Desde mi punto de vista, la mayor virtud de Solón es haber entregado su arte a la recuperación de la memoria, pero no a una memoria entendida como recuerdo inmóvil o puramente contemplativo, sino activa y capaz de dar significados a ese pasado. Significados y lecturas que nos salieron sólo de sí mismo, sino que recogió éstos de voces y miradas siempre acalladas, ocultas o clandestinas, reprimidas u olvidadas. Y también está claro en su arte la identificación militante con los actores populares que retrata, así como la denuncia de la explotación de éstos por parte de los poderosos de todos los tiempos.

Así, sus murales en torno a los maestros bolivianos, que se encuentran en la ciudad de Sucre, son un reflejo del sacrificio, la entrega y vocación de servicio de este sector de nuestra sociedad, llamado a cumplir un rol fundamental en la formación de las nuevas generaciones. Asimismo, el fresco “Historia del petróleo boliviano”, entregado en 1958, refleja la lucha porque los ingentes recursos nacionales estén en manos de los bolivianos y contribuyan a su desarrollo y a una mayor justicia social.

Ni qué decir del mural expuesto en el Monumento a la Revolución Nacional de la Plaza Villarrooel y al ya citado “Retrato de un Pueblo”. En ambos, el proletariado boliviano es resaltado como un protagonista central de los acontecimientos revolucionarios. No es un actor más ni mucho menos sólo parte de un conjunto amorfo de actores en el que las identidades particulares se diluyen.

Solón comprendió con claridad que la clase obrera, teniendo como su vanguardia al proletariado minero, no sólo que jugó un rol decisivo en el triunfo de la insurrección de abril de 1952, sino que logró forjar una perspectiva propia del proceso que se abría, aun siendo parte de una alianza de clases que buscó ser hegemonizada por el que se convertiría en el partido gobernante: el Movimiento Nacionalista Revolucionario. Al respecto, basta observar la manera en que el orgullo de ser proletario y de tener un poder social capaz de hacer temblar al poder político, se refleja en los rostros de los obreros pintados por Solón. Pero sin duda, tampoco está ausente la denuncia de la miseria y la explotación de esta mano de obra que con su aporte ha contribuido de manera decisiva al enriquecimiento de grandes empresarios y al desarrollo del país, al ser la fuerza de trabajo de la principal riqueza nacional durante casi un siglo: el estaño.

Solón Romero, entonces, no pintó por encargo, pintó desde su compromiso; no pintó para congraciarse con nadie, sino para plasmar el sentir de las mayorías de los acontecimientos históricos que refleja, no pintó para sí mismo, pintó para todos nosotros, para los que siguen creyendo en el arte como vehículo de creación y originalidad, pero también de crítica y compromiso social.