Solón, 24 de abril de 1994

Gracias a la Organización Mundial de la Salud, a la Organización Panamericana de la Salud y a la Universidad que me han permitido pintar y seguir pintando murales.

La adversidad de prejuicios críticos políticos y sociales a veces [recrudece] en momentos en que la libertad es reprimida por las calles. Ser pintor y ser consecuentes con una posición y con sus propias ideas conlleva indiferencia y mezquindad que a la larga fortalece en esta difícil y dura tarea de decir pintando.

El verdadero muralismo no se siente víctima de los poderosos mecanismos de mercado porque su destinatario es el pueblo; porque dialoga sin decir palabras al igual que nuestros antecesores de Altamira; [porque] no se enmarca cómodamente en los cuatro ángulos de un cuadro para no ver nada o decir muy poco. El [muralismo] es esfuerzo, sudor y angustia que grita y dice una verdad a veces ignorada deliberadamente.

Por ello, jamás he vacilado, pese a mis arrugadas manos, en pintar y seguir pintando murales como éste, destinado a platicar con los estudiantes de esta facultad de medicina

Quizás he dicho lo que he visto y no es todo, pero este mensaje está en la casa de quienes habrán de comprender el dolor humano.

De tanto haber abierto las heridas al tiempo tengo entre mis manos viejas, casi nada. La vida en su oleaje verde, como el musgo de algún rincón oculto, me ha permitido romper el silencio en este mural que grita en un mensaje mudo de realidades ciertas sin remedio.

No sé qué   lenguaje habrá de conmover al hombre si de tanto pintar murales no he logrado cambiar la vida de quienes como yo se angustian, se retuercen y se mueren.

En este mural el obstinado fruto de la tierra se convierte en un grito, en un grito de vida de un niño entre manos y raíces. Este a veces se hace hombre, a veces, casi siempre el hambre y la miseria lo convierten en un habitante de una diminuta tumba blanca. Ojalá que este grito nos evoque el día en que llegamos nosotros con la misma ansiedad de vivir y hagamos algo.

En el ande, el valle y los llanos los niños se hacen hombres casi prematuramente y luchan como grandes y son destruidos por la depredación y el olvido. Es entonces cuando aparecen los “Cristos blancos” de sal en el follaje de una higuera de frutos permanentes, reclamando justicia con una imagen del sol entre sus manos que llora sobre un cementerio infantil de millares de niños que se fueron sin haber visto la luna.

Lo demás es lo que vemos a menudo por las calles y hospitales. Esta dual esperanza de vivir con un sistema u otro.

Solo la pobreza es cierta ya que la miseria es la enfermedad de nuestro tiempo.

Pero no todo está perdido. Llegará la alborada y habrá un destino feliz para una familia sin miedos si nos empeñamos en vivir un poco para los demás con la solidaria actitud de quien hace suyo el dolor ajeno.

Solón

Palabras de presentación del mural “El Cristo de la higuera” en el piso 13 de la facultad de medicina en La Paz el 24 de abril de 1994